El núcleo de población que conocemos con el nombre de Altea la Vella, dentro del término municipal de Altea, tuvo entidad propia desde la Edad Media hasta el siglo XVI. Con anterioridad, la presencia de población en el territorio comprendido entre el río Algar y la Sierra de Bernia gozó de hábitats importantes, pero también sufrió intermitencias, desplazamientos poblacionales e incluso vacíos demográficos.

Las primeras evidencias de ocupación de las tierras de Altea la Vella, aunque son escasas, nos sitúan en el Neolítico. Durante el segundo milenio a.C. la densidad de ocupación es mayor, con asentamientos que están procurando el aprovechamiento de los recursos que les ofrece el entorno y el control del territorio. La cantidad de asentamientos aumentó en época ibérica con una red de poblamiento bastante densa, situación que perdura durante el Imperio Romano, aunque la población se concentró y organizó a partir de la villa de la Pila. A partir del s. V d.C. se produjo una contracción demográfica pero todo se revitalizó en el período andalusí, cuando la alquería de Altāya se convirtió en el núcleo organizador del territorio. Los cristianos le cambiaron el nombre por “Altea”, población desde la cual se organizó la explotación económica feudal del norte del río Algar hasta el siglo XVI. En esta centuria las casas de Altea quedaron deshabitadas hasta que en el siglo XVIII otras personas acudieron de nuevo a vivir en el solar de la ‘vieja’, a cuya aldea denominaron “Altea la Vella”.

Texto: Jaume Antoni Martínez García

Fotografía: Pere Teulaí